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La virtud cardinal de conservar

Javier Blanco rescató cientos de cuerdas de terreno que de otra manera hubieran sucumbido al desarrollo acelerado.


Foto por Tito Guzmán

Carmen Dolores Hernández / Especial para El Nuevo Día

Como director del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, desde que se constituyó en el 1968 hasta hace unos años, el arquitecto Javier Blanco rescató cientos de cuerdas de terreno que de otra manera hubieran sucumbido al desarrollo acelerado y ciego que amenaza con convertir nuestra Isla en una inmensa placa de cemento. Bajo su incumbencia se apartó esa tierra, en gran parte costera, preservándola para los puertorriqueños del futuro.

No se hizo nada en ella. Existe, sencillamente, en su estado natural. Muchos no entendieron el propósito. “Cuando tú tienes a la maquinaria de la publicidad vendiéndote que el terreno es para hacer bizcochitos de cemento, es difícil decir: ‘Voy a adquirir este paraje excepcional, pero no para un hotel, ni un complejo, sino para dejarlo como está y que se vea la Naturaleza’”, explica. La iniciativa de este arquitecto nos ha devuelto, pues, la capacidad de apreciar la tierra, de pensar en su valor intrínseco ahora y para generaciones futuras.

No es lo único que ha conservado Blanco. También guarda en su mente una memoria del país que empieza por la del entorno en el que se crió, Miramar, donde aún existe la hermosa casa de sus padres.

“El arquitecto debe pensar la ciudad y no sólo el edificio individual. Las grandes ciudades las planificaron los arquitectos; aquí no se interesaron”

Construida en 1910 por el ingeniero Ramón Gandía, es amplia, elegante, de largas y frescas galerías. El arquitecto recuerda que “Miramar era todo de casas con solares grandes hasta los años 40, los de la guerra. El barrio lo desarrolló un americano de nombre Eliot: por eso hay una calle llamada Eliot Place. Estaba el Perpetuo Socorro y había una escuela pública, la Rafael Cordero, al lado de la casa de los González Padín”.

La memoria de Javier Blanco va más allá en el espacio y en el tiempo. También recuerda lugares emblemáticos de Santurce: la casa de huéspedes de doña Lola Tulla en la avenida Magdalena, donde se reunían los exiliados españoles a principios de los cuarenta; las tertulias que éstos organizaban en el Café Palace, de la avenida Ponce de León; las del Chévere, a las que asistía Palés Matos. Y las casas excepcionales que, según cree, no fueron obra de Nechodoma, sino del mismo Frank Lloyd Wright, que vivió un tiempo en Aibonito. “En su autobiografía dice: ‘I lived in a town in the hills of Puerto Rico called “Oh how pretty!’”.

Entre esas casas estaban la de don Eduardo Georgetti, la de la familia Korber y la de Madame Lucchetti, que ocupaba un promontorio frente al mar, próximo a la laguna del Condado. “La hija se llamaba Magdalena, por eso la avenida del Condado se llama así”, dice.

Y el puente Dos Hermanos se llama por los hijastros de Madame Lucchetti, Hernand y Sosthenes Behn. La historia de cómo fundaron la compañía International Telephone and Telegraph es fascinante: “Ellos eran ‘brokers’ de azúcar y Edward Lind, el yerno de Samuel Morse, les tenía hipotecada la cosecha. En la hacienda de Lind en Arroyo, La Enriqueta, Morse había tirado una línea de telégrafo desde la casa de la familia hasta el trapiche para dar las órdenes de cuándo comenzar la molienda. Cuando los hermanos Behn se quedan con la hacienda, se quedan también con la línea de telégrafo. Entonces estalla la Primera Guerra Mundial y Sosthenes Behn cae en el ejército. Por la ‘experiencia’ que tenía en telegrafía, lo asignan al U. S. Signal Corps y lo hacen coronel. Al final del conflicto, él compra como excedente de guerra todo el tendido del Signal Corps en Europa: en Italia, Francia, Bélgica, Holanda. Así empezó la ITT”.

Educado en la Universidad de Columbia –“tuve dos escuelas”, dice, “Columbia y la ciudad de Nueva York”- y en el Graduate School of Design de Harvard, donde hizo la carrera de arquitectura, Javier Blanco considera la profesión desde una perspectiva más amplia que la usual. “El arquitecto debe pensar la ciudad y no sólo el edificio individual. Las grandes ciudades las planificaron los arquitectos; aquí no se interesaron. Preferían lucirse, convertirse en ‘prima donnas’. En el Viejo San Juan uno no puede decir quién diseñó qué: lo glorioso es el conjunto. Claro que hay algunos edificios diferentes: la iglesia, la alcaldía, la intendencia, pero lo que vale es el conjunto. Es una cuestión de anonimato; el arquitecto perdió el sentido de anonimato”.

El problema con las ciudades de Puerto Rico, continúa, “es el desparramamiento. Acaba con las ciudades, con las comunidades, con las familias, porque aísla. Las culturas se nutren del intercambio, de la comunicación entre las personas; el mero saludo es positivo. Si se destruye la cohesión, sufre la ciudad. Y la cohesión no es sólo cuestión de amistad, la cohesión la impulsa el ambiente, la propician los espacios. Levittown, decididamente, no la propicia”.

Enraizado en el pasado, atento al presente, previsor para el futuro, la mente y la visión de Javier Blanco constituyen recursos invaluables para construir el país que soñamos.

Vía El Nuevo Día

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