Artículo sobre El Castillo San Felipe del Morro, publicado en 1953 en la revista Mundo Hispánico

La revista Mundo Hispánico era una revista publicada en Madrid, España y distribuida a 23 países de habla hispana. Esta edición de 1953, suplemento al número 67, fue dedicada en su totalidad a Puerto Rico. Uno de sus artículos es sobre el Castillo San Felipe del Morro.

El Castillo del Morro, pp. 40-41

El Castillo del Morro, p. 42

El texto de este artículo lee como sigue:

Huellas españolas.–El Castillo del Morro
por Luis Villaronga

SAN Juan de Puerto Rico, como Cádiz, es una ciudad marinera. Como Cádiz, está si­tuada en una isleta. El panorama es de lo más bello que puede imaginarse. Al norte, la in­mensidad del océano Atlántico; al sur y oeste, la extensa bahía y la cordillera que cruza el país, y al este, la Ensenada, los blancos edificios del Con­dado y las rompientes del mar. Detrás, en el fon­do, los picos del Yunque cubiertos de nubes. Y sobre este cuadro, un cielo azul profundo y un sol de oro que llena de alegría las almas. Todo el año dura el éxtasis de esta tierra y este sol incompa­rables. No es extraño que la Isla haya sido codi­ciada por múltiples gentes a lo largo de los si­glos.

Atraídos por la dulzura del ambiente venían sin cesar los indios caribes a robar las preseas de esta tierra. Y de Europa venían los corsarios de naciones que envidiaban a España la gran­deza de su imperio. De aquí que fuera necesario armar la isleta que, como una ondina, se reman­saba en el mar en un paisaje de égloga. Fué ne­cesario fortificarla para que resistiera los golpes de audacia de ingleses, holandeses y franceses. Y así, sobre las arenas doradas y las olas líricas, alzóse una cadena de murallas que cercaban por completo la ciudad incipiente y que todavía, en gran parte, subsiste. La isleta está unida a tie­rra firme, a la Isla grande, por varios puentes.

El Morro fué la primera de las fortificaciones. Alzase a la entrada del puerto, al noroeste de la isleta, sobre un promontorio de más de ciento veinte pies sobre el mar. Delante del fuerte se extiende la vastedad del Atlántico. El formidable murallón y la garita que lo corona parecen la proa de un navio que se adentra en el mar. Y proa fueron, verdaderamente, del heroísmo y la gloria española en esta parte del mundo. Tan orgulloso estaba el Emperador de esta perla del océano que la calificaba de “llave de todas las Indias”. Y el Castillo del Morro tuvo gran parte en que tan alto prestigio fuera ganado y con­servado.

El Morro creció según crecía el peligro que amenazaba a esta. Isla. Al principio las baterías se emplazaban a unos pocos pies sobre la rom­piente de las olas. Al terminar el siglo XIX, el Castillo elevaba sus bastiones en cinco niveles a más de doscientos pies sobre el mar.

Los primeros trabajos se iniciaron hace más de cuatro siglos. La primera estructura perma­nente fué un cubo o torreón abovedado construi­do hacia 1540. Del proceso de construcción daban cuenta las autoridades por cartas a Carlos V, Emperador del Universo. Intervino más tarde, al ampliarse la fortaleza, el famoso arquitecto militar Juan Bautista Antonelli, servidor de Fe­lipe II.

Gallardamente contestó el Morro a la audacia de sir Francis Drake, el más intrépido de los piratas al servicio de la Reina Isabel de Ingla­terra, quien, con veintitrés velas y seis galeones de guerra, quiso forzar la entrada del puerto y tomar la ciudad con el fin de robar un gran te­soro que se custodiaba en San Juan, destinado a la Corona de España. Durante todo un día el Morro libró un duelo de artillería con los corsa­rios, reduciendo a astillas la mitad de sus na­víos, haciéndoles huir tristes y avergonzados.

La Reina Isabel quiso vengar la afrenta infe­rida a sus armas y envió a su elegante favorito y veterano oficial, George Clifford, Conde de Cumberland. Rehuyó éste el encuentro con la poderosa fortaleza y desembarcó en una playa descubierta, como a dos leguas de la ciudad. La plaza, defendida por solamente quinientos hom­bres, debilitados por una epidemia, no pudo re­sistir a un ejército numéricamente muy supe­rior. El invasor ocupa la ciudad e intima al go­bernador Mosquera a entregar la fortaleza. El gobernador se niega. El invasor decide entonces rendirla por hambre. Tras nueve días de espera, empieza el bombardeo contra el Morro por el frente de tierra. Abierta una brecha en el muro, la ciudadela cae. La bandera de Albión es izada. Pero la Providencia vela por España. La disen­tería se apodera del ejército inglés. Más de ocho­cientos soldados son abatidos. Y Cumberland hu­ye, llevándose, en desquite, un cargamento de pieles, jengibre y ochenta piezas de artillería.

Llega después el holandés, azuzado por el odio protestante y los partidarios del Príncipe de Orange. Boudewijn Hendricks, con diecisiete na­vios, el 25 de septiembre de 1625 penetra por sorpresa, a toda vela, en el puerto y toma la ciu­dad. Saquea la Catedral, destruyendo imágenes y ornamentos. Intima Hendricks la rendición del Morro donde se encontraba el gobernador, don Juan de Haro, veterano de las guerras de Flandes, con trescientos valientes. Contesta el gober­nador airadamente en estos términos: 

Visto el papel que Vuestra Merced me ha escrito, y me espanto, que sabiendo que estoy yo aquí y con trece años de Flandes, donde he visto las brava­tas de aquella tierra, y saber lo que son sitios, se me pidan semejantes partidos; y si Vuestra Mer­ced quisiera o pretendiere alguno, ha de ser entre­gándome los bajeles que están surtos en ese puer­to, que les daré uno o los que hubiesen menester para que se retiren; que ésta es la orden que ten­go de mi Rey y Señor, y no otra. Con que he res­pondido a su papel. En este Castillo de San Phelipe del Morro a 30 de Setiembre de mil seiscientos y veinte y cinco.—Don Juan de Haro.

Vuelve a la carga el holandés y envía al go­bernador un ultimátum amenazando con incen­diar la ciudad si no se rinde. Contesta el gober­nador: “Valor tienen los vecinos para hacer otras casas, porque les queda la madera en el monte y los materiales en la tierra.” Tres semanas du­ra el duelo de artillería. Hay muchas bajas de ambas partes. Mientras Hendricks pega fuego a la ciudad, los españoles atacan, desalojando al enemigo de sus posiciones. Y cuando éste toma sus barcos para marcharse, lo hace bajo el fuego incesante del Castillo del Morro. El navio de Hendricks solamente recibió trece cañonazos.

En 1796 vuelve el inglés. Al igual que Cum­berland, le hurta el cuerpo al Morro y desem­barca en playa descubierta y solitaria. Son se­tenta barcos y siete mil hombres los que vienen ahora al mando del almirante Harvey y de sir Ralph Abercromby. Pero el valor de los espa­ñoles y los paisanos los mantuvo a raya sin que pudieran ocupar la isleta ni la ciudad, vencién­doles, al cabo, en recio combate de artillería.

Finalmente, en la guerra hispanoamericana, el almirante Sampson bombardeó la gran forta­leza que a lo largo de cuatro siglos cumplió tan glorioso destino. Y ahí está todavía, enhiesto, arrogante, bravío, el Castillo del Morro, adelan­tándose con su proa al océano como si buscara aquel clima de heroísmo que la nueva época es­céptica y mercantilista no consiente.

La generación actual se admira de lo que hizo España en estas tierras en aquellas épocas con­sideradas como atrasadas. Se admiran cuando contemplan estos castillos del Morro y de San Cristóbal, que a ambos extremos de la isleta guardan la ciudad. Se admira cuando contempla estas murallas de dieciocho pies de espesor, co­ronadas de garitas y troneras, y que en distin­tos niveles alcanza la altura de ciento cuarenta pies sobre el mar.

Se habla a veces de la decadencia de España en el siglo XVII y siglos posteriores. Pero ¿qué decadencia era aquella que construía en este país y en el resto de América estos castillos, estas catedrales e iglesias, estos edificios guber­namentales enormes, estos palacios suntuosos, estas carreteras, puentes y alcantarillas que to­davía hoy, después de tres siglos, no pueden ser mejorados, y de los cuales se está haciendo pú­blico uso?

Esta es la España eterna. La España, reina y señora espiritual de América. He aquí su ga­rra de león. Su garra de león que nada puede borrar en estas playas doradas, en estas hermo­sas tierras del Nuevo Mundo.

Fuente: Revista Mundo Hispánico, número especial dedicado a Puerto Rico, suplemento al número 67, 1953, páginas 40-42. Disponible en la página web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.