Compartimos con nuestros lectores el libro “Crónica de la guerra hispano-americana en Puerto Rico” por Ángel Rivero Méndez, publicado originalmente en Madrid, España en 1922. Es posiblemente el libro más importante y completo sobre esta guerra en Puerto Rico.

A continuación reproducimos el prólogo del libro:

PRÓLOGO DEL AUTOR:

La guerra, de los Estados Unidos con España fué breve. Sus resultados fueron muy grandes, sorprendentes y de importancia mundial. La historia de esta guerra, en su más amplio y verdadero sentido, no podrá ser escrita hasta que pasen muchos años, porque hasta entonces será imposible reunir todo el material necesario, ni tampoco obtener la exacta perspectiva y proporción, que solamente la distancia puede dar.
(Henry Cabot Lodge (1), The war with Spain, 1899.)

(1) Senador el año 1898.

LA GUERRA hispanoamericana señala una época memorable para España, los Estados Unidos y Puerto Rico. Como resultado de ella, la bandera que Colón y sus compañeros pasearan por el Nuevo Mundo se ocultó, como se oculta un sol de oro, tras los celajes de Occidente.

La jornada gloriosa que comenzara el 1 9 de noviembre de 1 493, cuando las naves españolas abordaron las costas vírgenes de esta isla, tuvo su epílogo doloroso el 18 de octubre de 1898, a mitad de ese día, cuando en los castillos y palacios de San Juan flotó, con arrogancias de vencedor, el pabellón estrellado de la Unión Americana.

Para Puerto Rico la campaña que narramos representa un cambio de soberanía, una nueva ruta a seguir, un nuevo horizonte que explorar, un fardo tremendo de deberes y responsabilidades.

La guerra con España marca, para los Estados Unidos, el nacimiento de su política imperialista: Filipinas, Puerto Rico, pueblos de alta civilización y refinada cultura, a quienes proteger, guiar y entender; otras razas, otras costumbres, otros conceptos de la vida que estudiar con amor y con interés.

En cuanto al arte militar y al de la guerra, esta campaña es un conjunto de saludables enseñanzas. Americanos y españoles tienen mucho que aprender y mucho que olvidar desde aquel año memorable.
Los grandes buques de acerados blindajes, recias torres y largos cañones de retrocarga eran, por entonces, una interrogación. Destroyers y torpederos, los torpedos mismos y las minas, un nuevo problema a resolver.

Desde el 21 de octubre de 1805, en que Nelson pagó con su vida la victoria de Trafalgar, cañoneando a tiro de pichón las naves de tres puentes de Gravina, muy poco habían adelantado los marinos de las potencias navales hasta que en la guerra americana, de Norte contra Sur, brilló el primer destello de los modernos blindados y de las piezas de gran calibre. Aquel famoso Monitor, construido por John Ericsson, y que, en la mañana del 9 de marzo de 1862, en la bahía de Hampton Roads, batió en brecha con sus macizos proyectiles de once pulgadas al Merrimac, orgullo de los sudistas, fué el precursor de los mismos monitores que bombardearon a San Juan el 12 de mayo de 1898 y de los cañones rayados de 13 pulgadas con que el acorazado Indiana turbó la paz de estas playas en aquella madrugada.

España poseía tres destroyers, ingenios de guerra verdaderamente formidables que, pésimamente utilizados entonces, pusieron a raya, años después, manejados por ingleses y americanos, a los submarinos, la más legítima y fundada esperanza del pueblo alemán.

A partir del bombardeo de Alexandria por los blindados ingleses con sus cañones Armstrong, nada serio se había intentado por mar ni en Europa ni en América. La brusca acometida del Almirante Sampson, el 12 de mayo, fue el primer ataque serio a una plaza por buques modernos y con armamentos modernos. Los acorazados que bombardearon a Santiago de Cuba poco después, y a los Dardanelos más tarde, indudablemente que utilizaron en su obra de destrucción lecciones aprendidas frente a los castillos del Morro y de San Cristóbal.

Acorazados, destroyers, torpederos, minas y torpedos; fusiles de largo alcance con trayectoria casi rectilínea y con mecanismo de repetición y pólvora sin humo; así como los cañones, obuses y morteros rayados, de retrocarga y de grandes calibres, fueron máquinas de guerra que debutaron el 12 de mayo de 1898.

El arte militar, y sobre todo el de la guerra, encontraron nuevos problemas que estudiar y resolver. Las tropas invasoras del Generalísimo Miles, armadas de Springfields, con pólvora negra, no podían medirse con los soldados españoles que manejaban Máuser de repetición, a cinco tiros, con pólvora sin humo; fué preciso cambiar el fusil en plena campaña.

Otro aspecto interesante fué el de que combatieron frente a frente tropas regulares, profesionales, españolas, muchas de ellas fogueadas en la guerra de Cuba, contra voluntarios bisoños de Illinois, Ohio, Pensylvania y Massachussets.

La moderna ambulancia con su cortejo de nurses, médicos, enfermeros, métodos y material moderno para la cura de heridos; y la misma respetada Cruz Roja, que prestó tan señalados servicios, fueron novedades, fin de siglo, que también hicieron su début en aquella guerra.

Esta breve campaña de 1898, de diecinueve días, es un modelo de guerra culta, moderna y humanitaria. La invasión de Miles revistió todos los caracteres de un paseo triunfal, debido a su política de guerra sabia y humanitaria; se respetaron las costumbres, leyes y religión de los nativos; se mantuvo en toda su fuerza el brazo de la autoridad civil, a pesar del estado de guerra; no se utilizó el abusivo sistema de requisas, sino que todo era pagado, incluso el terreno donde levantaban sus tiendas, a precio de oro. Su proclama, sabiamente urdida y hábilmente circulada, despertó en todo el país anhelos de libertad y progreso que encendieron los corazones de los más tímidos campesinos. Lugo Viña, Carbonell, Mateo Fajardo, Nadal, Luzunaris y otros pocos, penetraban a un tiempo mismo en los pueblos y en el corazón de sus habitantes como precursores de un ejército que batía marcha de honor ante las damas, besaba y repartía candies a los niños. Soldados que se batían y hacían jornadas de treinta millas bajo un sol de fuego del mes de julio, y luego, en Hormigueros, de rodillas ante el padre Antonio, rezaban a la misma Virgen de la Monserrate, tan venerada por todo el Oeste de la Isla.

Esta política de la guerra; esta cultura militar; el hombre detrás del cañón —the man behind the gun— y los numerosos sacos de oro acuñado que trajeran Miles, Brooke y Wilson, allanaron su camino, limpiándolo de obstáculos.

El capitán Vernou, poniendo flores en Yauco sobre la tumba de un soldado español muerto en el combate de Guánica, recordaba hazañas quijotescas de la andante caballería, muy del gusto de los portorriqueños, descendientes de aquellos caballeros andantes conquistadores de Indias. Los hechos enumerados fueron factores que contribuyeron a inclinar la balanza del lado de Washington.

Es recia y difícil la obra que aspiro a realizar; he puesto en ella todo mi buen deseo, y, además, cuanto pude aprender en las escuelas militares de San Juan, de Toledo y de Segovia, durante mis ocho años de estudios profesionales.

Desde que me hice cargo de las baterías y fuerte de San Cristóbal, abrí un diario de guerra, génesis de este libro, donde hora por hora y día por día anoté cuanto me pareció de interés para los futuros lectores. Más tarde, el general Ortega me proporcionó documentos de gran valor, por su autenticidad indiscutible y asuntos en ellos consignados.

En Wáshington, en las Secretarías de Guerra y Marina, mi modesta labor encontró amigos benévolos; el mismo actual secretario de la Guerra acaba de dispensarme favores que agradezco vivamente.

Un artista de valer, que fué antes soldado de valor distinguido, Rafael Colorado, abandonó todo por venir a mi auxilio; durante muchos días seguimos paso a paso las huellas, aun imborradas, de los soldados españoles y americanos. Subimos al Guamaní y al Asomante; bajamos al Guasio y al Puente de Silva, y, en todos estos sitios memorables, campos, ríos, montañas y pueblos fueron capturados por el lente para llevarlos a mi libro. Sin la ayuda de Colorado, esta Crónica de la Guerra Hispano-Americana sería un libro áspero, opaco; él lo tornó lúcido, transparente, casi vivo. Gracias debo a este gentil artista que aun palpa sobre su epidermis de amateur y sportsman las cicatrices que labraron, en 1898, los arreos militares.

Mario Brau, el mago del pincel y del lápiz, también puso su mano con inteligencia y con cariño en esta crónica. Tales favores ni se pagan ni se olvidan.

El pueblo, en general, colaboró conscientemente a mi obra con sus informes, con documentos y con juiciosas advertencias. Yo afirmo haber escrito sólo lo que vi o escuché, y también lo que me consta por documentos auténticos o declaraciones probadas de testigos presenciales, de honorabilidad intachable. Este libro no es una Historia; sus detalles y el hecho de haber tomado parte su autor en los sucesos que narra, lo convierten en Crónica.

Veintitrés años de reposo han templado y casi destruido mis juveniles arrestos. No siento resquemores ni aspiro a levantar ronchas; relato hechos cuyos actores, muchos de ellos, aun viven en Puerto Rico o fuera de la isla. Si alguien, al recorrer estas páginas, se siente mortificado, no me culpe; medite acerca de sus actuaciones en el año 1898, y, entonces, juzgando su conducta y mi labor de cronista, llegará a la conclusión de que la verdad es lo que es y nada más. Ruin acción es la de mentir, y mentir sería desvirtuar hechos para satisfacer conveniencias o amistades personales.

Detrás de cada hecho, detrás de cada afirmación, queda en mi archivo una carta, una declaración jurada, un report oficial; y, a veces, un simple papelito firmado con lápiz, pero con letra tan clara y legible, que su autor puede ser fácilmente identificado. Muchas cosas íntimas que tengo anotadas no salen a luz; este es un libro de guerra, de re militare y no un padrón de escándalo ni una gacetilla para solaz de curiosos o desocupados.

Dios pagará el buen deseo de todos aquellos que, después de leer este Prólogo, avancen con ánimo sereno por los capítulos de un libro donde se narran actos heroicos, otros de caballerosas gallardías y no pocas flaquezas de hombres que en aquellos tiempos colocaron su honor por debajo de sus conveniencias.

Villa Manuela, marzo – abril de 1921.

ÁNGEL RIVERO MÉNDEZ.

Puede ver y descargar copia digital del libro en el portal del Internet Archive.

Fuente: Internet Archive