Discurso pronunciado por el profesor Angel Luis Morales el 4 de marzo de 1971 en el Ateneo Puertorriqueño durante la ceremonia de condecoración de la Orden de Andrés Bello a la Doctora Concha Meléndez (1895-1983). Fue publicado en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña número 48, julio-septiembre 1970. La Doctora Melénzez fue el primer puertorriqueño en recibir esta distinción que según la página web Condecoraciones de Venezuela, es otorgada por el gobierno de Venezuela “a quienes se hayan destacado en la educación, la investigación científica, las Letras, las Artes y a quienes hayan prestado eminentes servicios de índole cultural o contribuido en forma distinguida al desarrollo de la cultura Universal”.

Compartimos a continuación este discurso con nuestros lectores:

La doctora Concha Meléndez - Revista ICP Num 48 juliio-sept 1970

Reproducimos a continuación el texto completo del discurso para facilitar su lectura:

La doctora Concha Meléndez[1]

Por ANGEL LUIS MORALES

1. Introducción

NOS CONGREGAMOS ESTA NOCHE JUNTO A LA TRIBUNA cultural del Ateneo Puertorriqueño con el objeto de unirnos al acto de otorgamiento de la Condecoración de la Orden de Andrés Bello a nuestra distinguida compatriota, la doctora Concha Meléndez. La condecoración que lleva el nombre del más preclaro maestro que la América española haya dado, se concede a aquellos que han realizado una labor destacada en la educación, la investigación científica o las artes y las letras. La doctora Concha Meléndez, primera mujer en recibirse de doctor en letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (1932), primera mujer también —según Andrés Henestrosa— en disertar desde la tribuna de la Academia Mexicana de la Lengua (agosto de 1970), es también el primer puertorriqueño que recibe la altísima distinción que por medio de su Honorable Cónsul en San Juan, le otorga el Gobierno de la República Venezolana. Se le otorga en mérito a su obra hispanoamericanista, tanto en la dimensión pedagógica —una vida dedicada al estudio y la enseñanza de las letras y los valores culturales hispanoamericanos— como en la dimensión literaria —una valiosa obra compuesta de trece volúmenes publicados y cinco en prensa en que cuajan, en madurado fruto, largos años de amoroso estudio y paciente investigación de la literatura y la cultura de nuestra América. Iniciadora de la cátedra de literatura hispanoamericana en el Departamento de Estudios Hispánicos cuya dirección tuvo a cargo durante varios años, maestra de maestros durante treinta y seis años, profesor eméritus de la Universidad de Puerto Rico en la actualidad, el nombre de Concha Meléndez es, para sus centenares de discípulos, de lectores y de admiradores intelectuales, símbolo de una de las manifestaciones más altas de la mujer puertorriqueña: la mujer intelectual, la mujer de letras.

Como homenaje de simpatía y admiración, como acto de justicia de reconocer honor al mérito; al mismo tiempo que como saludable ejercicio de quien exalta un admirable modelo que imitar, intentemos, aunque sea con pobre y deslucida palabra fijar algunos de los perfiles característicos de la doctora Concha Meléndez.

2. Perfil magistral

Nacida en el “claro calle de Caguas”, en él transcurren los primeros siete años de su vida, años que más tarde recordará en una hermosa página titulada Infancia, (recogida en el tomo X de sus Obras completas actualmente en prensa): rizos negros y ojos asombrados; juegos infantiles cuya poesía desconoce la infancia de hoy; ofrecimiento de flores mayas a la Virgen María; primeras lecciones escolares; la confirmación recibida de un obispo “rubio, joven y apuesto” que “apenas hablaba español”; invenciones infantiles embarazosas para alguna de sus hermanas; travesuras como la escapada, en compañía de un amiguito de la misma edad, para correr en los caballitos que desde hada días giraban en el atrio de la iglesia; finalmente, el abandono del valle natal para trasladarse a Río Piedras.

Aquí, enseñanza elemental en la Escuela Hawthorne, donde un día del Arbol, a los once años, recitará Pomarrosas de De Diego; más tarde, enseñanza secundaria en la Escuela Superior de la Universidad, donde ya escribe y recita versos de sabor becqueriano:

Canción misteriosa
la que entona el bambú a su amiga tornátil
la brisa que pasa.
¡Cuántas veces en vano he querido
poder descifrarla!

Después, los estudios universitarios y la docencia. Para 1921, ella y ese otro gran puertorriqueño que fue don Antonio S. Pedreira, combinan los estudios universitarios con la enseñanza en el Departamento Normal. “Cinco clases diarias de estudiantes rurales y una sobrematrícula que nos hacía muy fatigosa y difícil la enseñanza.” Sueldo: el mínimo de un instructor. Digna y decorosa protesta de ambos —en magnífica carta redactada por Pedreira— ante don Felipe Janer, director del Departamento de Castellano, quien con humor y sabiduría les aconseja calma.

En 1925 les llega la gran ocasión. El nuevo Canciller, Dr. Thomas A. Benner proyectaba una reorganización universitaria, siendo uno de sus objetivos la creación de un Departamento de Estudios Hispánicos. Como núcleo del futuro departamento deseaba que algunos puertorriqueños con vocación por los estudios literarios y lingüísticos fuesen a estudiar a la Escuela de Filosofía y Lenguas Romances de la Universidad de Columbia, en Nueva York y piensa en los jóvenes instructores Concha Meléndez y Antonio S. Pedreira. Como no tienen el tiempo requerido para una licencia sabática, se les ofrece la mitad del sueldo; la Casa de España de Puerto Rico contribuye con el pago de sus matrículas para el primer semestre. En tales condiciones marchan a Nueva York donde entregándose por entero a sus estudios, con sacrificio de todo lo demás, terminan su maestría en 1926.

En 1927, ya de vuelta a Puerto Rico, se organiza el Departamento de Estudios Hispánicos con Pedreira como su primer director y Concha Meléndez uno de sus primeros profesores. En 1931, ambos deciden terminar los estudios de doctorado, pero esta vez los caminos se bifurcan debido al llamado vocacional: Pedreira marchará a España a ampliar su ya vasta cultura hispánica; Concha Meléndez se marcha a México a continuar sus estudios hispanoamericanistas. En 1932 regresan con sus títulos de Doctor: Pedreira a continuar con la dirección del Departamento y la enseñanza de la literatura española, Concha Meléndez a fundar la cátedra de literatura hispanoamericana que desempeñó hasta su jubilación, siendo la iniciadora de numerosas generaciones de universitarios en los estudios hispanoamericanistas y guía y orientadora de los ya iniciados mediante sus cursos monográficos, sus seminarios de investigación y su dirección de tesis.

En 1939, con la prematura muerte de Pedreira, la doctora Meléndez le sustituye en la dirección del Departamento, puesto que ocupará hasta 1944. Durante esos años dará un gran impulso a los estudios de literatura hispanoamericana y estimulará a seguir sus pasos un buen número de los profesores que, al jubilarse ella en 1957, hemos intentado continuar su labor si no con la misma excelencia por lo menos con tanto amor y dedicación, con tanto rigor y exigencia intelectual, como ella desplegó siempre en su enseñanza.

Maestra hasta el fin, al jubilarse de la docencia universitaria antes de la edad fijada para ello, no abandonó la enseñanza; sustituyó una modalidad por otra, y de ese modo, los últimos catorce años de su vida los ha dedicado a la enseñanza religiosa en el ministerio de la Escuela Unity de Cristianismo Práctico. Hay, por ello, un hilo invisible que une a la jovencita vestida de rojo cardenal para explicar, en esta misma tribuna, la poesía de Pablo Neruda, y la dama vestida de gris que en 1956 aceptaba, agradecida, el homenaje que le tributaba la Asociación de Mujeres graduadas y podía decir estas palabras:

Y hoy… esta mujer vestida de gris que les habla, es más joven que nunca porque ha alcanzado la comprensión espiritual que hacen de cada hora consciente aventura. Mira la flor, la nube, el afecto que recibe con gratitud gozosa, porque los ve como expresiones del amor de Dios.

3. Perfil literario: dimensión hispanoamericana

Paralela a su labor docente universitaria, si bien con más extensa proyección temporal, ha marchado su labor literaria. Ya hemos señalado su vocación por la poesía desde los años de enseñanza secundaria, y no nos extraña, por ello, que su primera publicación fuera un tomito de versos cuyo título callo porque la autora lo ha eliminado del padrón de sus obras. Desviado su interés hacia la prosa, especialmente la prosa ensayística de crítica literaria, el poeta reducido a silencio, ha estado siempre latente todo el tiempo en su producción literaria, como acertadamente lo ha señalado don Federico de Onís:

Antes de salir de Puerto Rico había escrito un libro de poesías. Esta capacidad de creación propia, está en el fondo de su interpretación de la originalidad de Hispanoamérica y su literatura, en sus obras primeras y en las que ha escrito después toda su vida.

La vocación hispanoamericana de la doctora Meléndez se manifiesta temprano en su vida: desde los primeros tiempos de instructor—estudiante, en un curso de Español Avanzado que, junto con Pedreira, tomaba con don Felipe Janer. “Se trataba”, nos dice ella misma en su conferencia Recordación de Pedreira, “de una especie de ‘Seminario’ donde el profesor nos dejó elegir un tema para presentarlo al final del curso. Pedreira eligió el teatro de Ibsen; yo, la obra de Amado Nervo.” Ahí, en esa preferencia por Nervo, se define una vocación a la que siempre será fiel a través de toda su vida: la vocación hispanoamericanista.

Eclosión temprana de esa vocación es su primer libro en prosa, Amado Nervo (Nueva York, Instituto de las Españas en los Estados Unidos, 1926) publicado por recomendación de don Federico de Onís, a quien va dedicado con estas palabras:

A Don Federico de Onís, quien al leer y recomendar este libro al Instituto de las Españas dio a mi vida la más pura alegría y a mi vocación el más fuerte estímulo.

Con amoroso intelecto ya iniciado en el estudio de las religiones orientales y la teosofía, la autora explora los diversos aspectos de la compleja personalidad del poeta —el psicólogo, el humorista, el pedagogo, el poeta astrónomo, el místico— poniendo de relieve, sobre todo, su amor al misterio, al amor, a la vida y a la muerte. Original contribución en su momento al estudio de Nervo, este libro inicia una de las dos vertientes principales del ensayo de crítica literaria de nuestra autora, la vertiente que podemos llamar poético-impresionista a diferencia de la poético-científica o estilística representada por trabajos como sus estudios sobre Neruda y Vallejo, formas, a su vez, distintas del estudio puramente científico, erudito, si bien no exento de oasis poéticos, como su Novela indianista en Hispanoamérica, su segunda obra hispanoamericanista.

Este libro, publicado en 1934 como una de las Monografías de la Universidad de Puerto Rico, es obra de ciencia de la literatura, obra de erudición paciente en que tras una visión general del tema indianista en los demás géneros literarios, se estudia aquel género de novela romántica que, partiendo de raíces rouseaunianas y chateaubrianescas, idealizaba a un indio sentimental, pretérito y lejano. En prosa académica, que a ratos sufre distracciones poéticas, la autora estudia el desarrollo de este tipo novelístico desde la Netzula (1832) del mexicano José María Lafragua hasta Aves sin nido, de la peruana doña Clorinda Malta de Turner (1889). Significativamente, este su más erudito libro, es el que menos efecto concita por parte de su autora. Es con todo, una aportación importantísima al estudio de las letras hispanoamericanas, y por ello, de cita obligada cuando se estudia la novela romántica o cuando se estudia la narrativa inspirada en el indígena de América. En el mundo de la erudición, este libro cimentó el prestigio ya alcanzado con la publicación de Amado Nervo.

Firme en su dedicación a lo hispanoamericano, dos años más tarde aparece su tercera aportación a este campo: Signos de Iberoamérica, impreso en México, en los talleres de la Imprenta de Manuel León Sánchez, 1936. Su libro más característico —en nuestra opinión- este libro manifiesta ya con toda claridad su visión de Hispanoamérica y traza ya la forma de la mayor parte de sus obras posteriores. Como Bolívar, como Martí, como Hostos, como todos nuestros grandes iluminados, la doctora Meléndez ve en Hispanoamérica no una suma de pueblos y naciones sino una unidad espiritual dificultada por el desconocimiento mutuo; viajar, en cuerpo o en espíritu, es el antídoto contra el aislamiento separador. Con belleza, precisión y brevedad expone su pensamiento en la primera página del libro, cuyos párrafos iniciales no puedo evitar la tentación de reproducir:

El engarce trabajado por mutuo conocimiento es, en los pueblos iberoamericanos, bella mitología de unos pocos. ¿Ignora alguien la realidad pura de los mitos? Lejanos signos se entrecruzan desde el Río Bravo hasta la Patagonia. El iberoamericano sensible a esa telegrafía, afianzará su conciencia en el espíritu de latinidad de su estación receptora.

Desde el altiplano de La paz a la llanura rasa de Buenos Aires, desde la certidumbre de vasta extensión territorial que señorea Caracas, a la angustia de estrechez espacial de San Juan de Puerto Rico, atrapará los signos si está alerta.

Hemos asimilado las esencias europeas. No cerraremos ya las ventanas que miran al exterior. Mas el afán universalista ha de completarse con la atención a lo nuestro.

Viajar en materialidad —cuerpo, inteligencia, emoción— o viajar imaginariamente —emoción de lejanía a través de la inteligencia— es la mejor manera de atesorar signos. O cifras, que es igual. (p. 9)

Ensayos, artículos, conferencias, revistas de libros, constituyen el contenido de Signos de Iberoamérica. Sobresalen, entre esas señales captadas por la antena espiritual de la autora, los siguientes trabajos: Jovillos y volantines. Homenaje a José de Diego, primer estudio global de la obra del gran poeta y patriota puertorriqueño; Alfonso Reyes. Flechador de ondas, agudo y hermoso estudio de las zonas temáticas más importantes del egregio mexicano; Tres novelas de la naturaleza americana, lúcida síntesis de las esencias artísticas de La vorágine, Don Segundo Sombra y Doña Bárbara; Revisión de Darío, en que se adelanta, desde 1931, a señalar los valores modernos de Darío, subrayando las geniales anticipaciones del nicaragüense; y Novelas del novecientos en la América Hispana, concentrado panorama de la novela hispanoamericana desde 1915 (Barrios, Arévalo Martínez, Azuela, Prado) hasta la novela vanguardista de los 30 (Torres Bodet, Anderson Imbert) que constituye una magnífica iniciación para los principiantes en este campo. Inteligencia aguda, intuición penetrante, cálida emoción, imaginación poética que se manifiesta ya en ficciones, ya en símbolos o imágenes, son los rasgos característicos, de estos ensayos.

Del mismo año —1936— es su breve monografía Pablo Neruda, Vida y obra Bibliografía Antología, publicada en Nueva York por el Instituto de las Españas en los Estados Unidos. Tras un panorama biográfico en que destaca los viajes del poeta y los influjos principales recibidos —Maeterlink, Saobat Ercasty, Walt Whitman y WiJliam Blake— y las categorías de su angustia, pasa a estudiar las diversas obras de Neruda, viéndolas, poéticamente, como otras tantas naves que el poeta armador arroja a la aventura del mar literario desde 1921 —La canción de la fiesta— hasta 1935 —Residencia en la tierra II. En cada uno de esos libros, y con más detenimiento en Residencia en la tierra, estudia los motivos poéticos fundamentales y analiza, a veces mediante poéticas paráfrasis, los poemas más característicos. La parte más extensa del ensayo está dedicada a un minucioso y penetrante estudio del estilo, especialmente de los símbolos, el adjetivo, el verbo y el adverbio. Es el trabajo sobre Neruda más riguroso y penetrante antes de la publicación del genial y extraordinario estudio de Amado Alonso. Amor y admiración se funden al rigor de la más exigente crítica, y hacen de este ensayo ejemplo insuperable de la vertiente que hemos denominado poético-científica.

Un intervalo de siete años separa este libro del próximo. Asomante. Estudios hispanoamericanos (Universidad de Puerto Rico, 1943). La cátedra, y sobre todo, la dirección del Departamento de Estudios Hispánicos, han de haber sido factores influyentes en esta disminución productiva. Asomante es libro de factura semejante a Signos de lberoamérica, dividido en tres secciones: 1. Estudios puertorriqueños; 2. Estudios hispanoamericanos; y 3. Libros a la vista. Sobresalen, a nuestro juicio, Hostos y la naturaleza de América, en la primera sección, y Muerte y resurrección de César Vallejo y “España en el corazón” de Pablo Neruda, en la segunda, pero contiene también interesantes y valiosos estudios sobre Andrés Bello; Pedreira, Laguerre, Ciro Alegría. En el ensayo sobre Vallejo aplica los mismos procedimientos utilizados antes en el análisis de la poesía de Neruda, y logra con ellos uno de los mejores estudios que existen sobre el autor de Trilce. 

La dimensión hispanoamericana —interrumpida por la puertorriqueña en 1946, con la publicación de La inquietud sosegada. Poética de Evaristo Ribera Chevremont— se continúa con “Figuración de Puerto Rico” y otros estudios (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1958) de factura parecida a Signos de Iberoamérica y Asomante, sólo que ahora la sección de Libros a vista ha desaparecido y el volumen queda constituido por veintidós ensayos sobre autores y libros hispanoamericanos y puertorriqueños. Se destacan entre los primeros El arte de Jorge lsaacs en “María”, detenido y perspicaz estudio de la técnica narrativa y el estilo en la famosa novela; Ficciones de Alfonso Reyes, en que estudia la obra narrativa del gran ensayista y sus aproximaciones a la ficción en obras no narrativas; y El crecer en la poesía de José Martí, su contribución al Congreso de Escritores Martianos de La Habana, 1953, en que destaca el proceso mediante el cual, desde Rubén Darío hasta hoy, la belleza y profundidad de la poesía martiana se le ha ido revelando a la crítica.

Cierra la producción hispanoamericana publicada hasta hoy el volumen Literatura hispanoamericana (Editorial Cordillera, 1967), libro un tanto distinto —aunque no del todo— en que recoge doce lecciones que la autora ofreció como conferencias de un cursillo de literatura hispanoamericana de abril a junio de 1939, en el Ateneo Puertorriqueño. Las conferencias, con sugestivos y poéticos títulos, versan sobre Sor Juana Inés de la Cruz, Sarmiento, Martí, José Asunción Silva, Rubén Daría, Rodó, González Prada, Alfonso Reyes, Sabat Ercasty, Xavier Abril y “los rumbos de la novela de hoy”.

Nuevos unos; ampliaciones y reelaboraciones de trabajos anteriores, otros (los estudios sobre Reyes, Neruda y Abril), estas lecciones-ensayos armonizan poesía y ciencia, imaginación y razón, en una exposición que se dirige tanto a la sensibilidad como a la inteligencia y son magníficos ejemplos de la característica modalidad crítica de la autora.

Un caso aparte, único, en esta producción literaria, por lo que lo he dejado para ocasión y lugar aparte, es el de Entrada en el Perú (La Habana, La Verónica, 1941). No se trata en este caso ni de estudio erudito, ni de crítica poético-impresionista o poético-científica, sino llana y simplemente de un libro de viajes. Entrada al Perú es una poética —en todos los sentidos de la palabra— y sentida visión de la tierra, el hombre y algunos aspectos de la cultura peruana que más impresionaron a la viajera. Los ojos de la autora, con aquel mismo deslumbramiento de belleza con que contemplaron de niña el paisaje del valle natal, contemplan ahora, llenos de emoción —emoción hermosamente captada por la palabra— la parte del Inca Garcilaso, de don Ricardo Palma, de González Prada, de Santos Chocano, de Eguren y de Vallejo.

Una Antología de cuentos hispanoamericanos (México, Editorial Orión, 1953) completa la dimensión hispanoamericana de la obra literaria de la doctora Concha Meléndez que haya visto la luz hasta hoy. Están actualmente en prensa, como tomos de sus Obras completas editadas por el Instituto de Cultura Puertorriqueña y por: la Editorial Cordillera: 1, Palabras para oyentes, en que recoge conferencias, presentaciones de escritores y de exposiciones pronunciado en diferentes instituciones del país, así como recuerdos de infancia, impresiones y resúmenes de trabajos más extensos; 2, Poetas hispanoamericanos diversos, que contiene trabajos sobre Darío, Neruda, Muñoz Rivera y Luis Palés Matos; 3, Personas y libros y 4, La poesía de Alfonso Reyes. 

4. Perfil literario: dimensión puertorriqueña 

En la visión hispanoamericanista de la doctora Meléndez, Puerto Rico es siempre elemento integrante; Puerto Rico, por otro lado, aparece visto, más que con criterio localista con criterio hispanoamericano. Lo puertorriqueño, es pues, parte integrante, inseparable de lo hispanoamericano y por ello, algún aspecto de nuestras letras se encuentra siempre en todos sus libros a partir de La novela indianista en Hispanoamérica en que se estudia La palma del cacique de don Alejandro Tapia y Rivera. El ya citado Jovillos y volantines Homenaje a José de Diego así como su ensayo El llamado de la montaña. Apuntes sobre la novela de Enrique A. Laguerre, en Signos de lberoamérica; la sección de Estudios Puertorriqueños de Asomante (Presencia del Yunque y el Asomante; El arte indio de Matilde Pérez; Hostos y la naturaleza de América; Juan Bosch ante Hostos; Antonio S. Pedreira; Vida y expresión, y Solar Montoya: Novela de Enrique Laguerre); los ensayos Figuración de Puerto Rico, Nuevo verdor florece; Homenaje a Lola Rodríguez de Tió; Pedreira; Autorretrato en su autocrítica; Pedreira; Discurso a la juventud; Ana Roqué de Duprey: Bibliografía en cuatro tiempos; Aventuras de Alonso Ramírez; Abelardo Diaz Alfaro y la expresión puertorriqueña; Cuentos de René Marqués; La Resaca y La isla ignorada de Hernández Aquino del libro Figuración de Puerto Rico y otros ensayos; más los innumerables prólogos —generosos espaldarazos a noveles caballeros andantes de las letras—, revistas de libros, etc. no recogidos totalmente aún de las páginas de los periódicos y revistas —o simplemente de las cuartillas— en que yacen, son clara prueba del interés especial que dentro de lo hispanoamericano le mereció a la doctora Meléndez su propia tierra.

Culminación de ese amoroso interés por las letras puertorriqueñas son los estudios dedicados a dos de nuestras más grandes figuras poéticas: a Evaristo Ribera Chevremont y a José de Diego.

El primero, La inquietud sosegada. Poética de Evaristo Ribera Chevremont (Universidad de Puerto Rico, 1946) consiste en un examen, del tipo que denominó poético-impresionista, de los motivos poéticos que han cuajado en más hermosos frutos en la obra poética de Ribera Chevremont. Mediante cortes longitudinales, en vez de estudiar individualmente los libros del poeta, estudia los motivos poéticos, tomándolos separadamente y rastreando su huella a través de todos sus libros publicados, con referencias, a veces, a obras inéditas. En los últimos capítulos, Color y Tonos y formas se aparta de la práctica anterior para darnos impresiones de conjunto de los libros cuyos títulos reproducen los de los capítulos. El comentario tiene calidad poética independiente de la poesía comentada, por lo que nos encontramos con una especie de aquella crítica creadora preconizada por Oscar Wilde. Libro unitario, cuyo objeto lo constituye la poesía de Ribera Chevremont, el mismo constituye un poético homenaje a la obra de uno de nuestros más puros, conscientes e inquietos creadores.

José de Diego en mi memoria, es un libro distinto. Recoge, con motivo del primer centenario de nuestro gran patriota y poeta civil, diez ensayos de la autora —comenzando por Jovillos y volantines ya recogido en Signos de Iberoamérica— escritos de 1935 a 1966 y dedicados a comentar diversas facetas de la obra y la persona de José de Diego. Ligada a de Diego por lazos de admiración y afecto personal, estos ensayos, obra de inteligencia y emoción en armónico consorcio, constituyen un valiosísimo homenaje a la memoria del poeta y una fuente importantísima para su conocimiento.

Dos antologías del cuento puertorriqueño —El cuento. Antología de Autores Puertorriqueños, Ediciones del E.L.A. de Puerto Rico: 1957, y El arte del cuento en Puerto Rico, Nueva York, Las Américas Publishing Company, 1961— con valiosas introducciones y notas, completan por ahora esa obra. A ellas se añadirán el tomo en prensa Poetas hispanoamericanos diversos, ya mencionado, en que aparecerán los siguientes trabajos: Luis Muñoz, Rivera, Alegorías de Luis Palés Matos, Presencia Jesucristiana en la poesía de Luis Palés Matos, e Introducción a la Antología poética de Asomante. Lo mismo ocurre en Palabras para oyentes, y supongo que también ocurrirá en Personas y libros. Un volumen de las Obras ·completas en prensa, finalmente, va dedicado íntegro a las letras puertorriqueñas: Literatura de ficción en Puerto Rico: cuento y novela. 

5. Conclusión

 Una y otra vez, a lo largo de estas líneas, nos hemos referido al carácter poético de la obra de la doctora Meléndez. Con excepción de La novela indianista en Hispanoamérica —a la que, por otra parte, no le faltan sus momentos de poesía—, todo el resto de su obra está escrita en una prosa que revela a un poeta voluntariamente alejado del verso. Emoción, riqueza imaginística, ritmo, con mayor profusión en sus primeras obras, con restringida contención y discreción en su prosa de hoy, son siempre rasgos característicos suyos. Vemos dos ejemplos. Uno tomado de Signos de Iberoamérica:

 Hace tiempo que José de Diego, con ademán lejano, me pide en las orillas del recuerdo, una interpretación de su obra poética. A ello me compromete la gratitud por el hombre que alzó mi curiosidad de niña al trepar la adolescencia, ofreciéndome el primer deslumbramiento de visiones artísticas.

Estudios obligados en mi profesión; los viajes; conflictos íntimos que ponen barrocos intermedios en los trasteIones de las apariencias más serenas, retardaron ese momento más allá de mi voluntad. (p. 11)

Otro de La inquietud sosegada: 

Al acercarnos a una vida, nos confunde el aletear de lo vivido en belleza y dolor. Nuestra indagación despierta las aves innumerables de lo que fue. Hay un vuelo sin rumbo en lo alto del recinto cerrado. Entonces se adelantan las siluetas concentradoras de los momentos esenciales, que son a la vez revelación y límite. Tras el guión de siluetas se ordenan y aclaran indicios y celajes. El intérprete se confronta con el peligro de caminar por un mundo frágil en que sólo la intuición aconseja. Un paso torpe puede llevar a desvío irreparable; lo que deseamos encontrar acaso se convierte en ceguera para lo imprevisto.

Penetrar en el mundo de un poeta es someterse a todo riesgo. El mayor, perderse y regresar sin haber entrado en el centro del laberinto. Aun en ese extremo el intento tendrá un valor laudable: incitar a otros a .la misma aventura. (p. 9)

Como por otro lado, esa hermosa prosa da expresión a contenidos de altos valores intelectuales, eruditos, de profundas y agudas intuiciones al mismo tiempo que de vastísimo saber, el valor de la obra de la doctora Meléndez es de los más subidos quilates.

Imponente producción, tanto por su amplitud como por su calidad, esta obra constituye uno de los más hermosos monumentos erigidos en nuestra América al amoroso asedio de las esencias más valiosas y características de las letras de nuestro continente. Bien merece, quien con tanto amor, paciencia y dedicación lo fue erigiendo año tras año con “inquietud sosegada”, el merecido premio de la Condecoración de la Orden de Andrés Bello.

[1] Palabras leídas en el acto de imposición de la Condecoración de la Orden de Andrés Bello a la Doctora Concha Meléndez, el 4 de marzo de 1971, en el anfiteatro del Ateneo Puertorriqueño, en ceremonia auspiciada por el Consulado de Venezuela en Puerto Rico, el Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico y el Ateneo Puertorriqueño.

Puede leer y descargar copia digital de la edición completa de esta revista en el portal de Issuu del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Para conocer más sobre la vida y obra de la Doctora Concha Meléndez, visite la página web www.conchamelendez.org.

Fuente: Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña número 48, julio-septiembre 1970